
Semana Santa en Arequipa: Procesiones, Alfombras y el Sillar Bajo la Luz de las Velas
Cuando llega la Semana Santa, Arequipa se transforma sin alardes. Las cofradías sacan sus andas por el centro histórico, los vecinos cubren el pavimento con flores y aserrín teñido, y la catedral permanece abierta desde el amanecer. Es la celebración religiosa más intensa de la ciudad — y pocas personas fuera del Perú saben que existe.
La Semana Santa de Arequipa no compite con la de Ayacucho, la más famosa del Perú. No la necesita. Tiene sus propias procesiones, sus propias alfombras de flores, su propio ritmo de ciudad que se recoge sobre sí misma durante siete días. Para quien la vive desde adentro — ya sea arequipeño de toda la vida o visitante que llegó en la fecha correcta — es una de las experiencias más densas y más silenciosas que ofrece la ciudad. Densa por la cantidad de cofradías, las andas iluminadas con cirios, los pétalos de flores sobre los adoquines coloniales. Silenciosa porque, a diferencia del carnaval, todo ocurre de noche o en la madrugada, con velas y no con altavoces.
La Procesión del Señor de la Agonía: el Viernes Santo en el centro histórico
La procesión más importante de la Semana Santa arequipeña es la del Señor de la Agonía, que parte cada Viernes Santo a las 20:00 desde la iglesia de La Merced, en la calle Merced 303. La imagen — una talla del siglo XVII en madera de cedro con policromía original, de un realismo que incomoda y conmueve a la vez — es sacada en andas por los cofrades de la Hermandad del Señor de la Agonía, fundada en 1632. El recorrido sigue un trazado que no ha cambiado en siglos: sube por Mercaderes, dobla en la calle Santa Catalina, pasa frente a la fachada del monasterio del mismo nombre, continúa por la Álvarez Thomas y regresa a La Merced por la calle Piérola. Todo el trayecto dura aproximadamente dos horas y media.
Los cofrades visten túnicas moradas, los acompañantes portan cirios que se venden en las tiendas alrededor de la iglesia desde el Miércoles Santo a S/ 3 o S/ 4 la unidad. Las bandas de cornetas y tambores se instalan en las esquinas del recorrido y ejecutan marchas procesionales que llenan el espacio entre los edificios de sillar. Los balcones del centro histórico, que el resto del año permanecen cerrados, se abren durante la procesión y desde ellos se lanzan pétalos de rosas y claveles sobre la imagen y los cofrades. La combinación de la arquitectura virreinal iluminada por las velas, el olor de la cera y el incienso, y la música procesional en las calles vacías de autos crea una atmósfera sin equivalente en la ciudad.
En Arequipa, la Semana Santa es el momento en que la ciudad recuerda que construyó sus iglesias en piedra no solo para que duraran, sino para que importaran.
Las alfombras de flores: una tradición de vecindad
La noche del Jueves Santo, las familias que viven en las calles del recorrido procesional salen a construir alfombras sobre los adoquines. No es una práctica organizada por el municipio ni promovida por agencias de turismo: es una costumbre de vecindad que se reproduce por imitación y orgullo familiar. Las alfombras combinan pétalos de rosas, claveles y margaritas con aserrín teñido de colores vivos, arena de colores y, en los casos más elaborados, hojas de palma trenzadas. Las más trabajadas, como las que aparecen frente a la Iglesia de San Francisco en la Plazuela San Francisco, reproducen escenas bíblicas con una precisión que requiere varias horas de trabajo colectivo. La tradición dictaba que quedaran intactas hasta que la procesión pasara sobre ellas — parte de su sentido es ser pisadas y deshacerse en el paso de la imagen.
Para ver las alfombras en su momento de mayor elaboración, conviene pasar por las calles del centro histórico entre las 22:00 y la medianoche del Jueves Santo, cuando los vecinos todavía están trabajando en ellas bajo la luz de los faroles. La calle Álvarez Thomas, la calle Santa Catalina entre la Plaza Regocijo y el monasterio, y el portal de la catedral suelen concentrar las alfombras más detalladas. No hay entrada ni zona vallada: es un arte efímero en la calle abierta, gratuito y accesible para quien llegue a la hora correcta.
Las comidas propias de la Semana Santa arequipeña
La Semana Santa arequipeña tiene su propia cocina. El Viernes Santo, la tradición impone el ayuno de carne, y las picanterías adaptan sus menús al chupe de viernes: una sopa espesa de papas, huevo duro, queso fresco, leche y ají colorado sin ningún tipo de carne. Es uno de los platos más antiguos de la cocina de la ciudad y prácticamente imposible de encontrar fuera de esta semana. Los buñuelos de viento — bolitas de masa frita espolvoreadas con azúcar y bañadas con miel de chancaca — se venden en puestos callejeros del centro histórico desde el Miércoles Santo, a entre S/ 1 y S/ 2 la unidad. En las casas arequipeñas, la mazamorra morada y la colación — un dulce de maní cubierto con azúcar de colores que solo aparece en esta época — completan la mesa de la semana.
La Semana Santa de Arequipa no está diseñada para el turista, y ese es parte de su encanto. No hay palcos de pago ni zonas especiales para fotografiar la procesión. No hay guías con paraguas de colores conduciendo grupos por el recorrido. Hay arequipeños en la vereda que llevan décadas viendo pasar la misma imagen por la misma calle, y que esta noche han vuelto a traer una silla plegable y un cirio. Colocarse entre ellos, sin saber muy bien qué viene a continuación, es probablemente la manera más honesta de entender lo que significa esta semana para la ciudad.
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